El baile de las sillas vacías

Salí de mi casa a eso de las cinco. Una hora antes de lo habitual, pero ese día tenía muchas cosas que hacer y no quería retrasarme.

Hacía bastante viento y cuando giré la esquina de mi calle una ráfaga me empujó con fuerza y me obligó a taparme la cara con la mano. Malhumorada la aparté para continuar caminando y vi prácticamente encima de mí a una mujer con un carrito de bebé.

Esquivé a ambos con un movimiento torpe y sonreí con la intención de disculparme. La mujer me devolvió la sonrisa, pero el bebé no. El carrito estaba vacío.

El descubrimiento provocó que un leve escalofrío recorriese mi espalda. No sabría explicar por qué, pero la imagen de aquella mujer sonriente con un carrito de bebé vacío me resultó inquietante.

Reanudé la marcha por la calle principal. Tenía prisa. Como ya he dicho, no quería retrasarme y esa calle era mi cuello de botella. Tenía una de esas cuestas traicioneras que no lo parecen. Esas cuestas son las peores. Cuando vas a mitad de camino crees que el corazón se te va a salir por la boca. Sin embargo, aquel día no dio tiempo a que eso ocurriese porque el corazón casi se me paró cuando vi a un grupo de mujeres viniendo hacia mí con sus sillitas de bebé vacías.

Avanzaban con un gesto congelado entre la sonrisa y la mueca. Todas con un ritmo cansino. Misma cadencia, misma velocidad… mismas ojeras. Venían hacia mí como en una pesadilla de muertos vivientes.

Busqué el paso de peatones y centré mi pensamiento en que llegaba tarde. Pero espantada descubrí la misma escena avanzando sobre las franjas blancas de la calzada. Hombres y mujeres caminando sin hablar. Con sus sillas vacías.

Tenía que estar soñando, así que cuando estaban a punto de llegar a mi altura cerré los ojos para poder despertarme después. Pero no me desperté sino que noté su presencia al pasar. Abrí los ojos para ver cómo me rebasaban sin reparar en mi presencia; como si yo fuese invisible.

Un nuevo escalofrío recorrió mi espalda. Y como si acabase de sobrevivir a una estampida me di la vuelta.

Y entonces lo vi.

«¿Pero qué…?».

Y me entró la risa.

Claro. ¿A dónde si no podrían ir todas aquellas mujeres con sillas de bebé vacías?

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