Invasión

—Bueno, ya sabes lo que dicen. Que el hombre es un lobo para el hombre.

—¿Y eso incluye a la mujer?

—Lo de la mujer es muy distinto.

—¿Por qué distinto?

—Simplemente sigue caminando y verás.

Continuaron su paseo por la Gran Vía madrileña. Decenas de personas ocupaban la acera artificialmente ampliada. Había tanta gente pululando que literalmente habían tenido que abrirles paso.

La variedad era desconcertante. Cómo podía haber rostros tan diferentes con los escasos elementos que, a fin de cuentas, componían la cara: un par de ojos, una nariz y una boca. Y eso era solo la cara. Luego estaba el cuerpo, y por supuesto, la ropa.

Se cruzaron con personas altas y bajas, delgadas y entraditas en carnes, rubias, morenas, pelirrojas. Todos vestidos de maneras tan dispares que resultaba casi increíble que viviesen en el mismo planeta.

—¿Observas algo? ¿Algo especial?

La verdad es que no había conseguido ver nada fuera de lo común. De alguna manera había aprendido a entender aquel extraño mundo en el que no llevaba demasiado tiempo. Por eso no detectó nada que llamase su atención.

—Fíjate bien, Frankie.

Afinó un poco más la vista. ¿A qué se estaba refiriendo?

Estudió detenidamente a cada una de aquellas mujeres vestidas con ropas tan diferentes. Algunas de ellas caminaban de forma inverosímil sobre zapatos de bases diminutas, muchas sonreían, y otras parecía que lo hacían.

—La mayoría no parecen felices— dijo Frankie.

—Porque no lo son.

Se quedó mirando a una preciosa muchacha que esperaba junto a la boca del metro. Esperaba a alguien. Lo supo porque miraba con impaciencia el reloj.

—Mira, aquella sí lo parece— apuntó.

—Es porque todavía no ha descubierto que dentro de poco tendrá que dejar de ser quien había soñado.

—¿Qué le pasará?

—El mundo se le pondrá en contra.

Frankie miró a aquella muchacha extrañado. Parecía tan relajada.

—¿Por qué lo harán? ¿Es que las mujeres son malas?

—Alguien debió decirles eso hace mucho tiempo, y ellas se lo han creído.

Frankie miró a su alrededor pensativo.

—Ayer vi a unas mujeres vestidas de negro en la tele que parecían dispuestas a cambiarlo todo.

—Ellas, Frankie, son la única esperanza de este mundo.

El jefe se tomó unos segundos antes de terminar su frase.

—Si queremos quedarnos con este lugar debemos deshacernos de ellas. Y después, simplemente esperar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s