Relatos

Un regalo para Pérez

Mirko estaba seguro de que Pérez quería un regalo para Navidad. Todo el mundo quería uno. Lo que pasaba es que Pérez no sabía cómo hablar con los humanos y, por supuesto, no tenía ni la más remota idea de cómo escribir una carta a los Reyes Magos.

Él, por su parte, tenía muy claro que su propósito para el año nuevo era aprender a jugar al ajedrez. Por eso en su carta a los Reyes pediría uno. No uno cualquiera, claro, sino uno de esos de madera tan bonitos con las figuras talladas. Era lo que deseaba, sin ninguna duda. Sin embargo, no podía parar de darle vueltas en su cabeza a una cosa: ¿Qué podía querer Pérez?

El año pasado pidió para él un rascador, y el anterior, un ratón de juguete con pilas y todo, para que pudiese perseguirlo por toda la casa. Pero había tenido la sensación de que no le habían impresionado mucho ninguno de los dos regalos. Y es que estaba claro que Pérez no era un gato cualquiera. A Mirko siempre le parecía que tenía cara de estar intentando decir algo. A veces se pasaba tardes enteras mirándole a los ojos tratando de descifrar alguno de sus gestos gatunos pero hasta el momento no había conseguido traducir nada de nada.

Pérez era un gato estupendo. Hacía todas esas cosas que hacen que los gatos resulten adorables. Ronroneaba cuando le acariciaban, jugaba con las bolas de calcetines, se lamía las patitas mientras miraba la tele… Y cada noche se ponía a los pies de la cama de Mirko hecho un ovillo. Él solía quejarse, pero lo hacía, como decían sus padres, con la boca pequeña. En el fondo le encantaba que Pérez le hiciese compañía, sobre todo hasta que se quedaba dormido. Estaba seguro de que después se levantaba en mitad de la noche y daba paseos por la casa, como todos los gatos, pero nunca le había visto hacerlo. Cuando abría los ojos Pérez siempre estaba allí, a sus pies, mirándole con sus ojos amarillos y brillantes.

Quedaban sólo dos días para Navidad cuando a Mirko le sucedió una cosa muy extraña. Se había ido a la cama con la intención de dormirse pronto. En pocos días vendrían los Reyes Magos y quería demostrar lo responsable que era. Por supuesto, como cada noche, Pérez se había tumbado a sus pies. Estaba muy a gusto, y sus ojos habían empezado a cerrarse cuando, de pronto, oyó unas palabras muy cerca de su oreja. Se levantó sobresaltado y se apresuró a encender la luz, pero justo antes de hacerlo vio a quién pertenecía la voz que había oído. Allí, junto a su almohada, estaba su gato Pérez, mirándole con sus ojos felinos y sonriéndole ligeramente.

Estuvo a punto de salir corriendo. ¿Quién no lo hubiera hecho al ver a su gato hablando junto a su cama? Pero después pensó en todas las veces que había creído que Pérez tenía algo que decir, así que decidió quedarse a escucharle.

—Me alegro mucho de que al fin puedas hablar, Pérez.

—Estaba deseando hacerlo— contestó Pérez sonriente mientras lamía una de sus patitas delanteras—. ¡Estabas a punto de pedir otro de esos ratones saltarines para mí a los Reyes Magos!

—¿No te gustó el ratón del año pasado?— susurró Mirko con tristeza.

—¡Claro que sí! El ratón corría que se las pelaba, y no me venía nada mal hacer algo de ejercicio. Me está saliendo un poco de barriga ¿no crees?

Pérez se acarició la barriga despacio y siguió hablando.

—Pero lo que realmente necesito es otra cosa.

—¿Y qué es? ¡Yo lo pediré para ti!— dijo Mirko entusiasmado.

—Quiero una desetiquetadora.

—¿Una qué?

—Una desetiquetadora. Sí, eso es, una… ¡Caramba! ¡Qué difícil de decir! Una des…eti..que…tadora.

—¿Y eso qué es?— preguntó Mirko extrañado.

—En realidad nunca he visto una, pero imagino que sirve para quitar etiquetas.

Mirko miró a su gato con detenimiento. De arriba a abajo.

—Yo no veo que tengas ninguna etiqueta, Pérez.

—Oh, sí Mirko, claro que sí. ¡Tengo muchísimas! Y quiero quitármelas todas.

Pérez se lamió de nuevo una patita pensativo.

—La primera que quiero quitarme es la de traidor. Esa es la que menos me gusta. Creo que cuando nací ya la traía puesta. Haga lo que haga siempre piensan que soy un traidor solo por ser un gato.

—Yo no lo pienso, Pérez.

—Lo sé Mirko, pero ni te imaginas la de veces que he oído decir: los gatos son realmente hermosos…pero no me fío de ellos. Y la verdad es que nunca he sabido por qué.

—A mí me pasa cuando me dicen que soy lento. Siempre me están diciendo: ¡Mirko vas muy lento!, ¡Mirko, más rápido!, ¡Eres tan lento! Pero ¿sabes qué Pérez? Creo que yo no soy lento.

—Vaya, pues entonces creo que tú también necesitas esa des…eti…quetadora.

—Tampoco me gusta que siempre me estén recordando que soy el más pequeño de la clase— continuó Mirko—. Eso me hace sentirme taaaaan pequeño. ¡Y por más que corra, nunca alcanzaré a los otros!

—Oh, no, claro que no eres pequeño— le animó Pérez—. Eres estupendo tal y como eres. ¡Y yo no soy arisco! Soy muy cariñoso. Ya he oído demasiadas veces decir: los gatos son muy ariscos, no son como los perros.

—Claro que no, amigo. Simplemente no eres un perro, eres un gato. Y eres el mejor de los gatos.

—Y tú el mejor de los niños— contestó Pérez con su gran sonrisa.

Mirko y Pérez se quedaron en silencio durante un rato, mirando al techo, como si a través de él pudiesen ver las estrellas.

—Mirko— dijo Pérez con voz grave tras el largo silencio—. Prométeme que digan lo que digan los demás siempre serás tú mismo.

Después se levantó y volvió a los pies de la cama con la intención de hacerse un ovillo para dormir. Pero antes de acurrucarse miró a su amigo de reojo.

—Por cierto— dijo—. Hay una cosa más que me gustaría quitarme…

—Claro, amigo. ¿Qué cosa?

—Quiero cambiarme el nombre… ¿Por qué me pusisteis nombre de ratón?

A la mañana siguiente el despertador sonó a la hora de siempre. Mirko se levantó sin saber muy bien si su conversación con Pérez había sido un sueño o había ocurrido de verdad. Quién sabe, quizá había sido cosa de la magia de la Navidad.

Le buscó y allí estaba, a los pies de su cama mirándole con sus ojos amarillos.

—Miau— maulló.

—Vamos, Bigotes— le dijo al bajarse de la cama—. Espero que te guste tu nuevo nombre.

No supo muy bien si fue cosa de su imaginación, pero antes de salir de su habitación le pareció ver una pequeña sonrisa y un destello en los ojos felinos de Pérez. Mejor dicho, de Bigotes.

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